Imperio de la América Mexicana

Blasón

La representación de la leyenda de la Fundación de México-Teochtitlán es el blasón principal del Imperio de la América Mexicana. Como micronación, el blasón principal tiene una interpretación especial y particular:

El águila representa al Anáhuac, con todos sus Reinos, sus provincias y sus territorios. También se interpreta como la persona del Emperador, como los pueblos del Anáhuac, como cada ciudadano; una fusión de la identidad imperial. Su augusta posición representa el enseñoramiento del Anáhuac, su prestancia y disposición a la defensa de su honor y dignidad. Representa la férrea defensa de sus ideales, de la figura del Emperador don Agustín de Iturbide. Sus alas desplegadas en actitud de victoria, de gran explendor, representan el orgullo de las instituciones, la cultura y la unidad imperiales; también representa la protección que el propio Anáhuac brinda a diversas culturas, credos e ideologías.

La culebra representa a los enemigos, las dificultades y los retos del Anáhuac. El fuerte tono verde simboliza la continuidad y vigencia de los dificultades: a cada paso que el Imperio dé encontrará nuevos objetivos acordes, que deben ser superados con la constancia y visión precisas. El retorcimiento de la culebra representa la infinitez de los retos: el Anáhuac deberá enfrentar por siempre desafíos que pongan a prueba la continuidad del micronacionalismo mexicano. Por sí misma, la serpiente representa el carácter de toda adversidad: astucia, continua mudanza de las viejas prácticas por unas nuevas que se piensan más efectivas, violencia destructiva.

Sin embargo, el águila muestra su resolución con un semblante firme y orgulloso, sabedora de su victoria predestinada por la profecía. El simbolismo del destino final del Anáhuac, que determinado ha vencido las adversidades, mediante las ideas, representadas por el pico, y el trabajo, simbolizado por la garra derecha. Sin embargo, ni ideas ni trabajo prosperan sin fe, que es representada por la garra izquierda firmemente afianzada de la nopalera.

Y el devenir del Anáhuac es representado por la nopalera, que encierra en sí los anales del micronacionalismo mexicano. Floreciente, con gran verdor, símbolo de vitalidad, de energía, de potente espíritu de esfuerzo. La nopalera integra una serie de números encubiertos en su composición. A la izquierda del nopal afianzado a la peña, aparecen otros tres nopales: representan el mes de marzo, de la fundación del Gran Ducado. A la derecha aparece uno: simboliza el mes de enero, de la fundación de Azur. Juntos todos los nopales son cinco: significando el mes de mayo, de la promulgación de la Constitución Política del Imperio. El nopal, como árbol heráldico del Anáhuac por excelencia, representa la energía y el valor que los Padres Fundadores, provenientes de Azur y el Gran Ducado, tuvieron para consumar el Plan de Anáhuac. En todo el conjunto observamos tunas florecidas, siete en total: representan julio, mes en que fué coronado el Emperador don Agustín de Iturbide. De dichas tunas, las que crecen directamente en la nopalera son cuatro: simbolizan el mes de abril, en que fué coronado Agustín Damián Emperador Constitucional de la América Mexicana.

La peña es la fortaleza de Anáhuac: sin ella el ideal imperial, representado por todo el conjunto anterior, no podría sostenerse y quizás caería sin solución. Tres son las peñas: tres son las razas del Anáhuac, indígenas, mestizos y europeos. Tres son los ideales imperiales: monarquía, independencia y unión. Hoy más que nunca, el simbolismo racial de las peñas tiene importancia para el Anáhuac: un Imperio en el que conviven micronacionalistas de diferentes lugares, de diferentes costumbres, de diferentes colores.

Las ranas son los pueblos del Anáhuac, pueblos micronacionalistas iguales, nacidos con una misma visión: son más de uno porque son diferentes, unos más viejos, otros más jóvenes, pero todos de una misma especie, de un mismo color, porque son hermanos y son iguales: de su hermanidad depende la continuidad de su hogar.

El lago es el hogar, el Anáhuac: la micropatria, esas tierras digitales donde los pueblos del Imperio conviven y construyen un lugar mejor para cooperar. El agua es símbolo de vida, de riqueza, de explendor. El lago es un lugar idóneo para hacer crecer nuestro pueblo.

Una corona imperial del Anáhuac corona al águila, un resplandor augura el destino, la victoria, la prosperidad y la paz del Imperio de la América Mexicana.

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